“Señor, Ten compasión de Ti (Parte 1 de 2)

(Escrito por Pastor Efraim Valverde Sr)

“Desde aquel tiempo comenzó el Señor Jesús a declarar a sus discípulos que le convenía ir a Jerusalem, y padecer mucho de los ancianos, y de los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas; ser muerto, y resucitar al tercer día. Y Pedro, tomándolo aparte comenzó a reprenderle, diciendo: “Señor, ten compasión de ti, en ninguna manera esto te acontezca”. Entonces el Señor, volviéndose, dijo a Pedro: “Quítate de delante de Mí, Satanás, me eres escándalo, porque no entiendes lo que es de Dios sino lo que es de los hombres” (Mat. 16:21-23).

Muchas veces he citado este relato Bíblico para mostrar a los hijos de Dios que tan fácilmente puede engañarnos el enemigo, si el Señor no nos libra. La sagacidad del espíritu del espíritu del error y del engaño es superior a la sagacidad humana. Cualquier cristiano, no importa su experiencia o la “categoría”, que no acepte esta desagradable pero innegable realidad, desde el momento que piense que esto no aplica para él (o ella), queda expuesto para ser fácil victima del engañador. Inclusive he repetido en múltiples ocasiones que ninguno de nosotros es de una condición humana superior a la del Apóstol Pedro, y este discípulo del Señor fue engañado no solamente en la ocasión aquí citada, mas en otras varias veces que cualquier conocedor de la Biblia sabe. En esta ocasión el Apóstol Pedro tenía el supremo privilegio de tener en persona frente a él al único que nos puede librar, y al instante reprendió a Satanás, diciéndole a la vez algo que nos conviene considerar con detenimiento: “Porque no conoces lo que es de Dios sino lo que es de los hombres”.

Me dijo en cierta ocasión una hermanita muy sincera: “Cuando yo oro al Señor cuido de no decir nada de mis flaquezas, para que el diablo no se de cuenta de ellas”. Al escuchar aquel absurdo razonamiento lo pregunté de dónde había aprendido tal cosa. Con mucha franqueza ella me dijo: “Mi pastor nos ha enseñado que si nosotros no decimos las luchas, pruebas o tentaciones por las que estamos pasando, el diablo no se da cuenta”. Creo que cualquiera puede entender que, conforme la declaración del Señor, es de nuestras luchas, pruebas o tentaciones de las que el diablo no solamente se da cuenta, mas aun tiene potestad para manipularlas y hacerle la vida miserable aun al cristiano más consagrado. Pues son precisamente “las inmundicias de la carne” (1 Pedro 3:21), “lo que es de los hombres”, incluyendo la humanidad de los hijos de Dios. De acuerdo con lo declarado por el Señor lo que el diablo no conoce es lo que de Dios esta en nosotros.

En otra ocasión, estando yo predicando en una pequeña congregación, al mencionar algo respecto del diablo miré que dos hermanitas se levantaron y se salieron. Después del culto, estando ya solos me dijo mi esposa: “¿Te fijaste en aquellas dos hermanitas que se salieron a medio culto? Pues la hermana que estaba sentada junto a mi me dijo que a ellas su pastor les ha enseñado que nunca mencionen al diablo. Pues el no mencionarlo es una de las maneras de evitar que se nos acerque”. Estas y otras interpretaciones absurdas de quienes se las dan de enseñadores del pueblo de Dios, las he oído una y otra vez en diferentes tiempos y lugares. Por cierto que tales maneras de pensar, y otras semejantes, son precisamente unas de las armas más poderosas de nuestro enemigo para engañar a los incautos hijos de Dios quienes por su parte son victimas de enseñadores “indoctos e inconstantes” (2 Pedro 3:16).

¡HERMANO, TEN COMPASION DE TI!

Lo explicado ya lo he mencionado antes en una forma o en otra, mas en esta ocasión quiero fijar la atención de mis lectores en el tremendo significado que yo mismo no había descubierto en la expresión cariñosa del Apóstol Pedro hacia al Señor: “¡Ten compasión de ti!” Nadie pudiera negar que tal expresión fuera originada en el corazón de Pedro, movido precisamente por su amor para el Señor quien había dicho unos momentos antes que tenia que ir a Jerusalem a padecer y ser crucificado.

Cualquiera de nosotros, al haber estado presentes hubiera aprobado la expresión de Pedro. Pero vemos que el Señor, al instante en que este discípulo dijo aquello, reprendió a Satanás, de seguro que tal reacción sorprendió a todos los demás quienes, al igual que Pedro, estaban siendo movidos por la misma compasión hacia su Maestro. Pues humanamente hablando es lo mas natural el que cuando vemos sufrir, o que va a ir a sufrir alguien a quien amamos, seamos movidos a decirle “¡Ten compasión de ti!” Y aquí encontramos precisamente la profunda lección a que me refiero al principio, en la cual yo mismo no me había fijado antes detenidamente. Que sutil operación satánica esta aquí escondida, disfrazada de amor y cariño, la cual es usada de continuo por nuestro enemigo para detener o impedir el trabajo del Señor. Por mi parte testifico que son incontables las ocasiones en que he oído esa misma voz diciéndome: ¡Ten compasión de ti! Mas por la gracia de mi Dios son pocas las veces que la he aceptado. Muchas veces no es fácil discernir cuando aquella voz viene de parte del Señor, o cuando es nuestro enemigo tratado de impedirnos para que no cumplamos con algo que nuestro Dios nos está ordenando que hagamos. Y esto, mayormente cuando lo que tenemos por delante para hacer, implica una u otra especie de sacrificio.

La voz de compasión nunca la vamos a escuchar en los labios de aquellos quienes no nos aman, por lo contrario. Invariablemente va a salir siempre de los labios de los que nos aman. Y ciertamente que a nosotros no nos queda decirle al ser querido: ¡apártate de mi Satanás! como lo pudo hacer el Señor. Pero si podemos pedir a Dios en nuestro corazón que no de discernimiento en el momento de aceptar o no la compasión.

LO QUE EL SEÑOR TENIA QUE HACER

Nos es imperativo el fijarnos con todo detenimiento en lo que el Señor tenia por delante para hacer. Y digo “imperativo”, porque es tan fácil el repasar este relato y tomarlo livianamente: Se trataba nada menos de los que lo aborrecían, y al final ser clavado en un madero como sabe cada conocedor de las Sagradas Escrituras. Y aun así se negó a aceptar el ser compadecido porque sabía que tenía que cumplir su misión. La mayoría de las veces, y especialmente en estas regiones del mundo en donde nosotros vivimos hoy, los sacrificios que nuestro Dios pide de nosotros están muy lejos de semejarse al sacrificio cruento de nuestro Maestro. Pero aun así, en el curso de este medio siglo de mi caminar en el ministerio del Señor, he visto multitudes de cristianos (y entre ellos a muchos ministros) tenerse gran compasión.

Esta situación la describe perfectamente Pedro cuando nos dice: “Reducid pues vuestro pensamiento a Aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra si mismo, porque no os fatiguéis en vuestros ánimos, desmayando. Que aun no habéis resistido hasta la sangre combatiendo contra el pecado” (Hebreos 12:3). Esta expresión es más que meramente un consejo. Es más bien una tremenda represión dirigida ciertamente a cada cristiano, pero de una manera más particular y directa para cada uno de los que profesamos hoy en estos lugares el ser ministros de Jesucristo Señor nuestro. Pues la gran mayoría hasta hoy no hemos “resistido hasta la sangre combatiendo contra el pecado”. Durante el tiempo de mi peregrinación me consta que son unos cuantos los que no se han tenido compasión, y que han alcanzado “ese privilegio” (Fil. 1:29).

En cambio me consta también que ha habido y hay hasta el presente día un gran número de profesantes cristianos y de ministros, que tienen para si mismos un algo grado de compasión. Y catalogar como mayores, sino las más de las veces por causas y razones que rayan aun en lo cursi y en los ridículo. Hombres de Dios (?), que en muchas ocasiones he sentido vergüenza al verlos compadeciéndose de si mismo en una forma que para mi ha sido algo absurdo. Por cierto que por otra parte he visto y conocido mujeres de Dios en diferentes tiempos y lugares, que no se han tenido compasión a si mismas entregándose aun al sacrificio par cumplir con aquello que ellas saben que su Señor les ha ordenado que hagan.

Pues no esta en ser hombre o ser mujer, miembro o ministro, joven o adulto, soltero o casado, educado o analfabeta, rico o pobre etc.… Esta en el grado de amor, de agradecimiento, de obediencia y de reconocimiento que hubiera en el corazón hacia el Señor, quien por amor de nosotros no aceptó el que se tuviere compasión, y nos marcó con su propia vida, y con su muerte, el ejemplo que demanda de nosotros que imitemos.

Por Pastor Efraim Valverde, Sr.

(Escrito por Pastor Efraim Valverde Sr. Publicado en la  Revista Internacional Maranatha, Vol 39 No. 10 – Abril 2008. Págs 6, 7,  y 14).

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