Las Bestias de la Profecía, Símbolos Proféticos

(Por Pastor Efraim Valverde Sr)

Uno de los comentarios bíblicos muy populares hoy en día entre el común de las gentes, es el de “la marca de la bestia”, es a tal grado popular que no se menciona y enseña entre los círculos religiosos solamente, sino entre el mismo vulgo. Muchas veces me ha sorprendido el oír hablar de ello a personas que me consta que no conocen al Señor, y aun perversos que resultan muy informados sobre los temas de “el anticristo” y “la marca de la bestia”.

Esto, lógicamente, entendemos que es el fruto de la tremenda propaganda que los proponentes de las teorías futuristas han hecho al respecto por todos los medios de comunicación disponibles. Pero entre esos  comentarios hay un detalle curioso que me ha llamado la atención y es el que se le da más importancia “a la marca de la bestia”. Desde el preciso momento en que la marca es de la bestia, debe de ser más importante la bestia que la marca; pero para la gran mayoría de ellos es a la inversa y no se dan cuenta de tal inconsistencia, comprobando así que tal enseñanza es fruto de una turbación.

La interpretación que el futurismo le da al término “bestia” es de que se trata del mismo personaje que identifican también como el anticristo. Se enseña la idea ridícula de que, a la mitad de la semana de la tribulación, el anticristo se convierte en bestia. Ya convertido en bestia es entonces cuando marca a sus adoradores con el número 666. De la misma manera como las demás interpretaciones de las teorías futuristas están basadas más en fantasías que en la Palabra de Dios, también está lo que enseñan relacionado a la bestia, o bestias, de que se nos habla en las profecías de Daniel y del apóstol Juan. Es imperativo el conocer la verdad sobre este importante aspecto de la profecía, por cuanto en ella el término “bestias”, o “bestia”, es algo de importancia básica.

Veamos pues qué es lo que nos dice al respecto la Palabra de Dios: “Habló Daniel y dijo: Veía yo en mi visión de noche, y he aquí que los cuatro vientos del cielo combatían en la gran mar. Y cuatro bestias grandes, diferentes la una de la otra, subían de la mar. La primera era como león, y tenía alas de águila. Yo estaba mirando hasta tanto que sus alas fueron arrancadas, y fue quitado de la tierra; y púsose enhiesta sobre los pies a manera de hombre, y fúele dado corazón de hombre. Y he aquí otra segunda bestia, semejante a un oso, la cual se puso a un lado, y tenía en su boca tres costillas entre sus dientes; y fúele dicho así: Levántate, traga carne mucha. Después de esto yo miraba, y he aquí otra, semejante a un tigre, y tenía cuatro alas de ave en sus espaldas: tenía también esta bestia cuatro cabezas; y fúele dada potestad. Después de esto miraba yo en las visiones de la noche, y he aquí la cuarta bestia, espantosa y terrible, y en grande manera fuerte; la cual tenía unos dientes grandes de hierro: devoraba y desmenuzaba, y las  sobras hollaba con sus pies; y era muy diferente de todas las bestias que habían sido antes de ella, y tenía diez cuernos. Estando yo contemplando los cuernos, he aquí que otro cuerno pequeño subía entre ellos, y delante de él fueron arrancados tres cuernos de los primeros; y he aquí, en este cuerno había ojos como ojos de hombre, y una boca que hablaba grandezas” (Dn. 7:2-8).

En los símbolos proféticos, las aguas tipifican multitud de humanos y los vientos tipifican guerras. Aquí Daniel ve en su visión a la multitud de diferentes civilizaciones y a las guerras entre las naciones. Miró luego Daniel cuatro bestias diferentes unas de las otras. La primera como león, la segunda como un oso, la tercera como un tigre, la cuarta “muy
diferente” que todas las demás. El apóstol Juan la describe como un dragón. Las tres primeras bestias aparecen y desaparecen en sus respectivos turnos, mas la cuarta bestia permanece “hasta que toman el reino los santos del Altísimo” (Dn.7: 18).

Cuando Daniel pregunta sobre el significado de las bestias que vio se le explicó que eran reyes o reinos que existirían hasta el establecimiento del Reino Eterno (Dn. 7: 17:18 y 23:24). Aquí encontramos que al profeta se le explicó claramente que las bestias de la visión eran reinos, reinados, dinastías o imperios universales que en sus respectivos turnos habrían de dominar a las naciones  de la Tierra en sus correspondientes tiempos.

La historia secular nos da razón en una forma clara del cumplimiento exacto de estas simbólicas profecías. Nos describe la caída del gran imperio babilónico  encabezado por Nabucodonosor, tipificado por el león, el cual estaba en el poder en el tiempo de la vida del profeta Daniel.  Se levanta luego el imperio medo-persa tipificado por el oso, el cual al caer dio lugar  al imperio tipificado por el tigre que fué el poder de Grecia – Conocido también como el imperio helénico—. Al perder su poder “el tigre”, Grecia, da lugar  a la aparición de “la cuarta bestia, espantosa y terrible”. Se menciona  más de una vez en el capítulo citado que este poder no deja de ser, sino que permanece hasta el tiempo  del fin. Éste, es imperativo que  esté claro en nuestras mentes, por cuanto es la realidad innegable que hasta este día permanece delante de nuestros ojos.

A Daniel se le explicó que esta bestia permanece hasta que: “un Anciano de grande edad se sentó, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como  lana limpia”, y se presenta delante de él “en las nubes del cielo como un hijo de hombre que venía, y llegó hasta el Anciano de grande edad, e hiciéronle llegar delante de él. Y fuéle dado señorío, y  gloria, y reino; y todos los pueblos naciones y lenguas le sirvieron; su señorío, señorío eterno, que no será transitorio, y su reino que no se corromperá” (Dn. 7: 9, 13 y 14).

La declaración de esta escritura es necesaria hacerla en forma más particular por causa de quienes la usan queriendo probar con ella la existencia de dos personajes diferentes en la Divinidad, diciendo que aquí “el Anciano de grande edad” es el Padre, y “el hijo de hombre” es el Hijo. La verdad es que las mismas Escrituras nos declaran que el Anciano cuyos “cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve; y sus ojos como llama de fuego”, (Ap. 1:13-15) es el mismo Señor Jesucristo; es la única “imagen (visible) del Dios invisible, el primogénito de toda criatura” (Col. 1:15).

El “hijo del hombre” en esta visión de Daniel es el cuerpo simbólico del pueblo “de los santos del Altísimo” que toman el reino al final de los tiempos, como ya lo hemos estado explicando antes. Léase detenidamente los versículos del capítulo 7 de Daniel:17-18, y 26-27. En ellos se repite exactamente lo dicho o descrito más detalladamente en el mismo capítulo (7:9-14).

En resumen, concluimos que las bestias de la profecía (los grandes imperios), el león (el imperio babilónico), el oso (el imperio medo-persa), y el tigre (el imperio helénico) corrieron su curso de la historia de las grandes civilizaciones antiguas y hoy son solamente memorias en la historia universal. Pero la cuarta bestia que vio Daniel, que tanto al mundo secular como al religioso consta que fue el imperio romano, no estaba sentenciada a morir al igual que sus antecesores. La cuarta bestia que vio Daniel, que es la misma que vio Juan el apóstol (Ap. 13:1), no ha dejado de ser. Esta es “la bestia que era y no es, aunque es” (Ap. 17:8). Poderes de las “Cabezas y Cuernos” de la Cuarta Bestia Habiendo, por tanto, ya comprobado con la misma Palabra de Dios quién es “la bestia” con la que hoy estamos tratando, analicemos ahora el curso de su historia en forma breve.

El apóstol Juan, en su visión, llama la atención a una peculiaridad muy particular de la bestia que vio: tenía ésta, resumidas en sí, las características de las bestias anteriores (“Y la bestia que vi, era semejante a un leopardo —tigre—, y sus pies como de oso, y su boca como boca de león” (Ap. 13:2). El claro significado de esta descripción es el hecho innegable de que el naciente imperio romano, para el tiempo de la venida de nuestro Señor Jesucristo en carne, había consolidado ya de tiempo bajo su poder a todas las razas y naciones que integraron en sus tiempos correspondientes los tres grandes imperios universales anteriores.

En los días del ministerio terrenal del Señor y de la naciente Iglesia Cristiana, la Roma pagana imperial era la dueña y señora de las naciones civilizadas del mundo de entonces. Fue la Roma pagana la que persiguió y llevó a la hoguera, a
las fieras y al martirio en indecibles formas, a los seguidores de nuestro Señor Jesucristo en los primeros tres siglos de la era cristiana. Pero llegó el tiempo que en cumplimiento de la misma profecía de Daniel: “el cuerno pequeño con ojos como de hombre, y una boca que hablaba grandezas” (Dn. 7:8 y Ap. 13:5-6), tomó autoridad y control sobre los demás “cuernos” (poderes) que integraban el imperio. Ese “cuerno pequeño”, que es la descripción simbólica del ministerio apóstata en la iglesia ya desviada en el siglo cuarto d.C., se convirtió, a su tiempo, en el poder más tremendo que ha existido en todo lo largo de la historia humana.

La razón para ejercer tan tremendo control sobre las naciones de la Tierra ha sido por una facultad que el Espíritu Santo nos describe en la anatomía de la bestia: “Y yo me paré sobre la arena del mar, y vi una bestia subir del mar (multitud de gentes y naciones), que tenía siete cabezas y diez cuernos; y sobre sus cuernos diez diademas; y sobre las cabezas de ella nombre de blasfemia” (Ap.13:1). Los cuernos son símbolo del poder de la fuerza bruta, así como los cuernos naturales son el poder del toro y del macho cabrío. Los poderes militares son, por lo tanto, los cuernos de la bestia. La historia es muy explícita en su descripción de los poderes militares de Roma y de sus ejércitos aliados. Pero mayor aún que la fuerza bruta es el poder intelectual, el que controla las mentes de la multitud. Ese poder lo adquirió Roma al tiempo de la manifestación de la apostasía por conducto de los ministros desviados quienes, reclamando facultades espirituales y usurpando astutamente usando el nombre de Cristo y de su evangelio, lograron controlar en una forma increíble a las masas humanas dentro del imperio.

Es entonces la misma bestia, pero con una apariencia “diferente”, la que ahora “en el nombre de Cristo y de la Iglesia” cumplió las otras profecías descritas: “Hablará palabras contra el Altísimo, y a los santos del Altísimo quebrantará, y pensará en mudar los tiempos y la ley” (Dn. 7:25). Ese cuerno de la bestia romana es el que también ha cumplido al pie de la letra la profecía que dice: “Y veía yo que este cuerno hacía guerra contra los santos, y los vencía” (Dn. 7:21 y Ap. 13:7).

Los cuernos de la bestia tenían diademas y las cabezas de ella nombre de blasfemia. Los resultados de las victorias militares de Roma acarrearon, y acarrean siempre, honores y riquezas para sus distintos “cuernos” victoriosos. Los resultados de las victorias de sus cabezas, o sea, sus diferentes avenidas de influencia espiritual, han estado y están basadas en “nombre de blasfemia”, o sea, “los espíritus de error y doctrinas de demonios” (1 Ti. 4:1) con que ha controlado hasta hoy a los millones que profesan un cristianismo que está muy lejos de ser el verdadero.

En esta forma el imperio, que en un tiempo pareció que se deshacía, hizo lo opuesto y el poder y la influencia del antiguo imperio pagano ahora tomó mayor fuerza aún y pudo controlar por medio de “sus cuernos” y sus “cabezas”,
o sea, los diferentes poderes político-militares y las distintas facciones político-religiosas de la civilización de entonces, directa o indirectamente, a un gran segmento de la población mundial La historia nos da razón de que ese control fue ejercido por Roma y sus derivados por un período aproximado de mil años, hasta el  tiempo de la Reforma.

Durante ese largo milenio, las naciones de la Tierra fueron influenciadas en una forma u otra, directa o indirectamente, por la civilización romana. Hasta el día de hoy se da razón, por parte de los que conocen la historia mundial, que no hay influencia que supere a la de Roma en la cultura y religión de la civilización moderna. Particularmente en lo que toca a la forma de gobierno de los países de la presente civilización, la influencia del antiguo imperio romano es notablemente patente. Pero su influencia suprema ha sido y sigue siendo en el terreno religioso donde ejerce un poder tremendo, no solamente en los miembros propios “de la grande ramera”, sino también en los de las hijas de esta “madre de las fornicaciones y de las abominaciones de la Tierra” (Ap. 17:1-5). Esa influencia consiste en la adoración que la multitud rinde a “la imagen de la bestia” hasta este día, usando su sistema político-religioso.

(Escrito por Pastor Efraim Valverde Sr. Publicado en la  Revista Internacional Maranatha, Vol 51  No. 18 –  Octubre 2012. Pág. 11 y 12).

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