La Gracia de Dios a lo largo de nuestra Vida

(Por Pastor Efraim Valverde Sr)

Habiendo tratado en una forma bastante amplia y clara sobre la operación de la Maravillosa Gracia de Dios que transforma al miserable pecador en una “nueva criatura en Cristo”, pasemos a considerar ahora, aunque fuere en una forma relativamente breve, esa Gracia de Dios operando en el transcurso de nuestras vidas ya como cristianos y como hijos de Dios. Pues a lo largo de los años de mi ministerio he observado muchas veces una actitud contradictoria en las vidas de creyentes relativamente nuevos. Primero ha estado el gozo “inefable y glorificado” de haber recibido la salvación y el perdón de sus pecados por Gracia, pero al paso del tiempo aquel mismo cristiano ha estado viviendo oprimido y acusado por su conciencia al haber comprobado que no puede ser el hombre o la mujer de Dios que intensamente anhela ser.

¿Qué es lo que le ha pasado a ese cristiano? ¿Está ya derrotado en verdad? En ninguna manera. Lo único que pasa es que le falta la instrucción para que entienda que la Gracia de Dios que lo alcanzó y lo cambió al principio, es la misma Gracia que está presente para seguirlo haciendo libre del juicio y de las acusaciones del “acusador de nuestros hermanos” (Ap. 12:10). Le ha faltado entender que la Gracia de Dios no solamente la necesitamos cuando hemosprincipiado nuestra vida cristiana, sino que nos es imperiosamente necesaria también a lo largo de todo nuestro caminar en el Señor. Pues mientras estemos viviendo en esta humanidad, si hemos de ser sinceros, tendremos de confesar que nuestra vida es un reflejo de la confesión del grande apóstol de los Gentiles, Pablo (Léase, por favor, Romanos 7:14-25).

Debemos de entender, ciertamente, que el apóstol Pablo no quiere decir en la declaración aludida que él estaba viviendo en el pecado, sino que confiesa en forma por demás clara, la condición pecaminosa natural de su carne, siendo aun él mismo un distinguido apóstol en la iglesia primitiva. Cualquier cristiano sincero puede entender y aceptar que lo que el apóstol Pablo dice en la porción Escritural citada aplica a todos, sin excepción de nadie. A esta misma verdad se refiere también el apóstol Juan cuando dice que, “si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros” (1 Juan 1:8). Cuando el nuevo creyente descubre esta desagradable e indeseable verdad en su vida es cuando actúa en la forma contradictoria y negativa que menciono antes, y es entonces cuando necesita la operación de esa intervención continua de la Maravillosa Gracia de Dios en su vida.

Aquí es donde se presenta, entonces, la necesidad de entender qué es lo que la Palabra de Dios dice al respecto. Lo que dice de la operación purificadora de la Sangre de Cristo. Lo que dice de la obra intercesora de nuestro Sumo Pontífice. Qué es lo que dice de la misericordia perdonadora de Dios. Y esto, repito, no solamente en la parte inicial de nuestra nueva vida como cristianos sino a lo largo de todo nuestro camino. Advierto nuevamente que lo explicado no es para justificar el pecado de los que viven enél y no les importa, sino para ayudar a los “pecadores convertidos” que nos importa el no ofender al Señor nuestro Dios. ¡Miserables de nosotros si no fuere así! Absolutamente ni uno solo habría sido posible que pudiera servirle al Señor en el curso de todos los siglos de la Iglesia.

Precisamente la razón principal de Dios para traer la Gracia, que es para el Judío primeramente y luego para el Gentil, es porque en Israel nunca pudo ni puede hasta este día, este pueblo escogido de Dios, el ser justificado en una forma satisfactoria y completa con el guardar la Ley. Sólo el Dios Eterno, nuestro Creador, es el único que conoce a fondo si hay o no en el humano una “buena conciencia”, y que esa buena conciencia puede ser adquirida sólo y únicamente por la Gracia de Dios. Por eso nos dice el apóstol Pedro que “el bautismo que ahora corresponde nos salva (no quitando las inmundicias de la carne sino como demanda de una buena conciencia delante de Dios), por la resurrección de Jesucristo” (1 P. 3:21).

Interpretando correctamente el texto citado tendremos de entender que no es Dios quien demanda del creyente una buena conciencia, sino que el creyente, en el sacrificio de Cristo el Señor, demanda de Dios tal justificación en su conciencia. ¿Por qué es así? Por la sencilla y simple razón de que es completamente imposible para el humano tener por sí mismo “buena conciencia delante de Dios” y, por lo tanto, tampoco puede ser posible que Dios “demandara” del humano tal cosa cuando Él sabe mejor que nadie, que tal cosa sería imposible aun para el cristiano más santificado.

Ese mismo cristiano santificado tendrá en su propia santidad de recordar siempre lo que está escrito: “¿Cómo pues se justificará el hombre con Dios?” “Y cómo serálimpio el que nace de mujer? He aquí que ni la misma luna será resplandeciente, ni las estrellas son limpias delante de Sus ojos: ¿Cuánto menos el hombre que es un gusano, y el hijo del hombre, también gusano?” (Job 25:4-6). Y ese mismo cristiano santificado, en la misma sinceridad de su santificación, no tendrá otra alternativa más que exclamar con una gratitud profunda nacida de lo más íntimo de su ser y decir: ¡Solamente por la Maravillosa Gracia de Dios!

Insisto, por lo tanto, en este capítulo en el hecho de que por lo regular hablamos y enfatizamos sobre la operación maravillosa de la Gracia de Dios, que hace posible que el más miserable y vil pecador sea convertido en “una nueva criatura” (2 Co. 5:17), y esa actitud está perfectamente bien. Pero en lo que no se hace bien es cuando omitimos las múltiples Escrituras en las cuales el Señor nos habla en una manera por demás clara de la imperiosa necesidad que existe ahora ya en sus hijos que le servimos, de que siga operando la Maravillosa Gracia de Dios a todo lo largo de nuestras vidas. Pues volviendo a las expresiones ya antes citadas del apóstol Pablo (Ro. 7:14-25) y del apóstol Juan (1 Jn. 1:8), nos vemos en la invariable necesidad de buscar y señalar las otras porciones Escriturales que están lógicamente conectadas con estas primeras, y las cuales son la respuesta para nuestra continua necesidad de sentir “buena conciencia delante de Dios” al caminar a lo largo de nuestra vida cristiana.

Cabe aquí el hacer una advertencia antes de continuar y ésta es, que la ruta más común y más fácil que han tomado muchos ministros y cristianos que he conocido en diferentes grupos, tiempos y lugares, ha sido el “echar travesía” cerrando los ojos y diciendo que el cristiano verdadero ya no puede ni debe de tener ningún pecado ni ninguna tentación. La verdad es que no puede haber, bíblicamente hablando, una mentira más descarada queesta interpretación. ¿Qué no está, inclusive, escrito que “todos ofendemos en muchas cosas, (y que) si alguno no ofende en palabra éste es varón perfecto”? (Stg. 3:2).

Por otra parte, tratándose de los cristianos quienes habiendo cometido algún pecado mayor y arrepentidos vuelven buscando misericordia, es muy fácil (y aún común para los fariseos cristianos) el terminar con ese problema acabando de matar espiritualmente al miserable que ha sido herido por el enemigo. Pero, ¿qué no está también dicho lo siguiente?: “Hermanos, si alguno de entre vosotros ha errado de la verdad, y alguno se convirtiere, sepa que el que hubiere hecho convertir al (hermano) pecador del error de su camino, salvará un alma de muerte, y cubrirá multitud de pecados” (Stg. 5:19-20).

La realidad es que ambas interpretaciones están fuera de la verdad de las Sagradas  Escrituras. Pues la Gracia de Dios está para ser extendida por nuestro Sumo Pontífice, Jesucristo nuestro Salvador, tanto para el cristiano y para el ministro fiel en su continua y diaria necesidad, como con mayor razón para quien habiendo pecado, y ahora arrepentido, busca con verdadera y profunda necesidad el poder tener nuevamente “buena conciencia”. Por eso también está escrito: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el Justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Jn. 2:1-2).

La experiencia amarga de los que han pecado, es en este capítulo la excepción, no la regla. Pues, inclusive, la advertencia divina es clara y rotundamente conclusiva en contra del descuido. Además no hay ninguna garantía para que todos los que se apartaren puedan de seguro despuésregresar. Son muchos los que un día pensaron que podían jugar con Dios, o aún burlarse de Él, y se les ha tornado ya desde aquí en “vergüenza y confusión perpetua”.

La regla que en el caso me importa enfatizar más aquí, es la que aplica a la vida del hijo de Dios que anhela el caminar en el Señor sintiendo en su alma una “buena conciencia”. Del cristiano quien reconociendo constantemente la condición pecaminosa de su carne, anhela el sentirse limpio y libre de las acusaciones y juicios en su mente del “acusador de los hermanos”. De aquel cristiano que menciono al principio, que llora y se aflige porque ha descubierto que no puede ser el hombre (o la mujer) perfecto que desea.

La maravillosa verdad en este caso es que “tenemos un Pontífice (Cristo el Señor) que se puede compadecer de nuestras flaquezas”, quien “puede también salvar eternamente a los que por él se allegan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”. Esto es, mientras los hijos de Dios caminamos en esta vida (He. 4:15 y 7:25). Aquí cabe mencionar la maravillosa expresión del apóstol Juan cuando nos dice que, “si andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión entre nosotros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad. Si dijéremos que no hemos pecado, lo hacemos a Él mentiroso y su Palabra no está en nosotros” (1 Jn. 1:7-10).

El tesoro más grande para cada fiel seguidor del Señor es el saber que la sangre que fue derramada en el Calvario, no solamente lo limpió el día que creyó y que invocó el Nombre del Señor Jesús en el bautismo, sino que esa misma sangre está continuamente delante del EspírituEterno ofrecida por nuestro Salvador. Pues está escrito, inclusive, que: “hay un Dios, así mismo un Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Tim. 2:5). No hay gozo más grande que el entender que no pudiendo en ninguna forma nosotros tener una “buena conciencia delante de Dios” por nuestras propias obras o méritos, somos justificados diariamente, en nuestra humillación y reconocimiento, por la misma Maravillosa Gracia de Dios que desde el principio nos alcanzó.

Esta es la razón por la que el apóstol Pablo, después de dar razón con toda sinceridad y franqueza de la condición pecaminosa de su carne, exclama primero diciendo: “¡Miserable hombre de mí!” “¿quién me librará del cuerpo de esta muerte?” Y se contesta él mismo enseguida con un grito de victoria diciendo ahora: “¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro!” (Ro. 7:24-25) ¿Por qué dice ésto último? Porque pudo entender a la perfección el maravilloso valor de “la Gracia y la Verdad (que) por Jesucristo fue hecha” (Jn. 1:17). Por tanto cada uno de nosotros, quienes podemos confesar también lo primero como nuestro hermano Pablo,

podemos también decir juntamente con él esto último, y cantar victoria a cada día sabiendo y sintiendo que en medio de todas nuestras tentaciones y flaquezas somos justificados sola y únicamente por la Maravillosa Gracia de Dios.

Pastor Efraim Valverde Sr

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