Jerusalem, Ciudad Amada (Parte 1 de 2)

(Por Pastor Efraim Valverde Sr)

“He Aquí que en las palmas te tengo esculpida: delante de mí están siempre tus muros” (Isaías 49:16) “! Yo no tengo nada que ver con Jerusalém ¡” Así oí exclamar en cierta ocasión a un cristiano, después de haberle invitado a unirse a un grupo que se preparaba para ir a Israel. A la misma vez que ese cristiano decía tal cosa, tenía en sus manos la Biblia, con su nombre grabado en la cubierta. Lo descrito ilustra perfectamente la mentalidad que prevalece en multitudes de profesantes cristianos y esto me consta, no nomás en una raza o en un grupo en particular solamente, sino en un sentido universal.

Es desesperante el ver la profundidad de la ignorancia que existe entre el mismo cristianismo del Nombre, con respecto a la estrecha relación que liga al Libro Santo con la Ciudad de Jerusalén. Después de dar razón de Jerusalén, al regresar de mi primer viaje a la Ciudad Amada, se acercó a mí una hermana y me preguntó con mucha sinceridad: “Hermano, ¿de modo que esa ciudad en verdad existe?” Los incidentes citados, y muchos otros relacionados con lo mismo, me han hecho sentir la imperiosa necesidad de dar al pueblo de Dios en nuestros medios, toda la instrucción posible en relación a éste tema tan importante.

Habiendo escrito muchas veces sobre este tema en las páginas de MARANATHA, una vez más lo hago porque estoy consciente que la necesidad de la instrucción y la información al respecto sigue prevaleciente. Es grande el número de los cristianos a quienes hoy pudiera decirles cómo sentí decirle al cristiano de la exclamación inicial: “Si tú no quieres ni tienes nada que ver con Jerusalén, entonces tira a la basura ese Libro. (La Biblia), que tienes en tus manos. Porque si Jerusalén no tiene valor para ti, entonces tampoco el Libro vale.” Pues inclusive si Jerusalén no existiera, el Libro Santo, que es el tesoro más precioso para nosotros los cristianos, sería solamente una novela de ficción. Sería una obra literaria muy interesante ciertamente, pero hasta allí nada más. Si Jerusalén no existiera, la Biblia tampoco existiera. Y si algo semejante se hubiera escrito, sería un libro muerto. ¡Mas gracias al Dios Eterno por Jerusalén! Su Ciudad Amada; pues ha sido de ésta Ciudad única, de la que ha salido la Palabra de Vida, que a muchos de los que estábamos muertos, nos ha dado ahora vida y vida eterna. (Isaías 2:3) Son muchas las ciudades grandes y famosas en el mundo, tanto en el tiempo presente como a lo largo de toda la historia de la humanidad. Inclusive encontramos en los relatos bíblicos los nombres de algunas de ellas, entre las cuales algunas aun están en pie hasta la fecha presente.

Así que algunas son muy antiguas. Otras menos antiguas, y otras modernas. Algunas son hoy tan inmensamente enormes en población que están catalogadas no solamente como metrópolis, sino como megápolis. Algunas están situadas en lugares de una característica topográfica única. Otras son distinguidas y famosas por la hermosura de su urbanización, sus palacios, o por sus maravillosas construcciones arquitectónicas. Todas ellas han sido y son ciudades que en un grado o en otro, han tenido o tienen influencia sobre las civilizaciones en la tierra. El lugar que cada una de estas ciudades famosas y distinguidas pudiera tener o haber tenido, no sería correcto el ignorar o negar a cada una su correspondiente gloria.

Pero hay una verdad absoluta que sí tenemos y debemos declarar y esta es, que hay una Ciudad sobre la faz de esta tierra que tiene un lugar único entre todas las ciudades distinguidas, habidas y por haber, y esta es Jerusalén. Ciudad Amada de Dios. El hecho de que el Creador del Universo mismo ha señalado a Jerusalén como la Ciudad de Dios, como la Ciudad del Gran Rey, como la Ciudad llamada a ser la reina sobre todas las ciudades de la tierra, eso la hace única y sobremanera especial.

Jerusalén no se puede llamar distinguida por su población, pues en éste sentido, es más bien relativamente pequeña, aún hasta el día de hoy. No se puede llamar distinguida por su situación topográfica, pues está edificada en terreno semidesértico y bastante montañoso. El único río más cercano, el Río Jordán, pasa a bastantes millas al oriente de los límites de Jerusalén. Aún en lo referente a maravillas arquitectónicas, la única que ha distinguido a la Ciudad Amada (hace muchos siglos que no existe), fue el glorioso templo de Dios construido por Salomón. Los edificios presentes de Jerusalén antiguos y modernos, no pueden catalogarse precisamente como maravillas arquitectónicas de la civilización presente.

El observador que quisiere distinguir a Jerusalén por sus cualidades y distintivos netamente físicas o naturales, solamente se expone al peligro de quedar desilusionado. (Por cierto que esto les ha pasado ya a muchos.) Pues el distintivo que hace única a la Ciudad de Paz, es más que físico o natural. Es distintivo Divino, Pues Dios  mismo la ha distinguido. Más de uno ha preguntado alguna vez, ¿…y porqué escogió Dios a Jerusalén ? o, ¿…y porqué no escogió Dios a otra ciudad más grande y con más atractivos físicos y naturales? A tales preguntas y otras semejantes, yo no perdería el tiempo en contestarlas. En cambio, mi gozo, mi privilegio y mi bendición es declarar que el Dios Santo, el Eterno, el Todopoderoso, el Creador del Universo mismo, ha querido en su absoluta y Santa voluntad, escoger a Jerusalén.

Mi gozo ha sido el decirles a todos los hijos de mi Dios que me ha sido posible, que la Ciudad Amada allí está en su debido lugar, en la Tierra Santa, en la Tierra de Israel. Que después de haber sido destruida varias veces en el curso de los milenios, por manos de sus muchos enemigos, la Ciudad Amada de Dios, la “Jerusalén de Oro” está en pie. Las áridas lomas sobre las que está edificada, son tan reales como las montañas que estuvieren aquí al alcance de la vista del lector. Sus calles, no son ciertamente “las calles de oro” de “La Jerusalén Celestial” pero son las calles por las que hace ya casi 20 siglos caminó mi Salvador. Los viejos muros, cual gigantes y soñolientos guardas, son testigos mudos de la divinamente histórica ciudad que en su seno encierran. Jerusalén, la Ciudad Amada, es tan real y tan humana como el mismo pueblo o la ciudad donde hubiere de residir el lector.

Pablo el apóstol nos dice que, “…las cosas invisibles de Dios, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, Siendo entendidas por las cosas que son hechas; de modo que son inexcusables.” (Rom. 1:20) En ellos hace alusión a la creación entera ciertamente, pues la idea es que lo que de Dios no se puede ver con los ojos naturales, se puede comprobar con lo que se puede ver aquí. El mundo que no tiene la fe para creer en Dios, y aún el pueblo de los mismos creyentes, necesitamos el testimonio palpable y visible para poder percibir lo invisible y eterno de Dios. La misma Palabra que vino de la boca de Dios, hubo necesidad que fuera escrita entonces en piedra, y después en pergaminos y papel.

Los voceros han sido humanos, palpables y visibles como todos los demás mortales. Pues sabe mejor el Señor que nosotros los mismos creyentes, siendo aún poseedores del don de la fe, tenemos aquí en esta vida que usar lo que es materia para conectarnos con lo que es espíritu. Lo dicho es una realidad tan innegable que aún el cristiano más espiritual tiene que aceptarla entre tanto que viva en esta humanidad. El Señor, entonces queriendo suplir a su pueblo que ha llamado entre los Gentiles para que recibamos Su Palabra, nos ha dado tres pruebas visibles y tangibles, muy únicas y especiales:

(1) La raza Israelita (los Judíos)

(2) La Tierra Santa (Israel)

(3) La Ciudad de Jerusalén

Aún los hombres más incrédulos y contrarios hacia Dios y a Su Palabra, han comprobado que las pruebas citadas les son el mayor obstáculo para reprobar el Libro Santo. Mas precisamente esto es lo que muchos cristianos no realizan y hablan así como relato al principio. No se han puesto a pensar que la Biblia que traen en sus manos, y las mismas raíces de la fe que profesan, tienen sus orígenes en un Pueblo, en una Tierra y en una Ciudad. Dios mismo ha establecido que en su mensaje divino y espiritual, sea aquí presentado y conocido por conducto de medios materiales. Por medio de una tierra que se puede pisar, por un pueblo que se puede tratar, y por una ciudad que se puede palpar.

(Escrito por Pastor Efraim Valverde Sr. Publicado en la  Revista Internacional Maranatha, Vol 47  No. 18 –  Octubre 2011. Pág. Pág. 6, 7 y 8).

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