EL TREMENDO PODER DE LOS HIJOS DE DIOS (Parte 2 de 2)

(Por Pastor Efraim Valverde Sr)

LAS ARMAS SUPREMAS
DE LOS HIJOS DE DIOS

Es, por lo tanto, necesario e indispensable que estemos convencidos de las maravillas que aquí mi Señor me ha impulsado para que explique a sus hijos. “Cosas… (que) Dios nos lo reveló a nosotros por el Espíritu”, para que a su vez tengamos de compartirlas con Sus “pequeños” (Lc. 10:21). Pues sabiendo y entendiendo es como podemos apreciar y creer. Y creyendo es como podemos entonces usar, en una forma poderosa y efectiva, las sobrenaturales y tremendas armas que tenemos a nuestra disposición, como lo son:

  1. EL NOMBRE DEL SEÑOR JESÚS.- El maravilloso y sublime Nombre de JESUCRISTO Señor nuestro. El Nombre de Dios que es “sobre todo nombre, para que en el Nombre del SEÑOR JESÚS se doble toda rodilla…” (Fil. 2: 9-11). “Y en ningún otro (nombre) hay salvación; porque no hay otro nombre debajo del cielo (fuera de JESÚS el SEÑOR), dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch.4:12). Es este Nombre Sublime y Maravilloso el que se nos ha dado para obtener el perdón de nuestros pecados (Hechos 2:38), y para pedir de Dios todas las cosas que necesitamos (Juan 14:12-14). El Nombre por el cual podemos hacer prodigios, sanidades y milagros, y por el cual tenemos potestad sobre el mundo y sobre todos los demonios del infierno (Mr. 16:17-20). Este Nombre Santo es el arma todopoderosa de los hijos de Dios.

  1. EL ESPÍRITU SANTO.- El sublime don del Espíritu Santo prometido por el Señor a sus discípulos (Juan 14:26 y Hch. 1:8), y derramado con la evidencia exterior de las nuevas lenguas en el día que la Iglesia fue establecida en Jerusalem (Hch. 2:1-39). Es el poder sobrenatural con que fueron ungidos los apóstoles y los demás creyentes en el principio, y lo es hasta el día de hoy entre los hijos de Dios. Pues de este don de virtud y de poder está dicho: “Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare”. El Espíritu Santo es un don maravilloso de poder que cada hijo de Dios necesita tener en su arsenal de armas espirituales. Pues es, inclusive, “las arras de nuestra herencia, para redención de la posesión adquirida para alabanza de su gloria” (Ef. 1:14).

  1. LA SANGRE DEL CORDERO.- La Sangre Divina, derramada por nuestro Señor y Salvador Jesucristo en la cruz del Calvario, es la “sola ofrenda (que) hizo perfectos para siempre a los santificados” (He. 10:14). Dios estableció el hecho de que “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” de pecados (He. 9:22). Solamente la Sangre del Cordero de Dios (Juan 1:29) ha sido suficiente para limpiar nuestros pecados. La Sangre del Cordero que nos limpió al principio cuando creímos, es la misma que necesitamos que nos siga limpiando todos los días (1 Juan 1:7). Israel venció y salió de la esclavitud, por la virtud de la sangre del cordero de la Pascua; y al final del Libro Santo se nos declara que los que han vencido al enemigo, ha sido “por la Sangre del Cordero” (Ap. 12:11). El poder protector y purificador de la Sangre de Cristo es arma suprema en la vida de los hijos de Dios.

  1. LA PALABRA DE DIOS.- Dios, por medio de Su Pueblo escogido, Israel, ha traído al mundo Su Palabra, y ha ordenado siempre a sus hijos que la honremos y obedezcamos (Josué 1:8). El rey David ensalzó la Palabra de Dios diciendo entre muchas exclamaciones al respecto: “Lámpara es a mis pies Tu Palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal. 119:105). El Señor Jesús dijo: “Las Palabras que os he hablado, son Espíritu y son vida” (Juan 6:63). “Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos” (He. 4:12), porque es “la espada del Espíritu” (Ef. 6:17). Es “la espada de la boca” del Señor (2 Ts. 2:8 y Ap. 2:16). Es el arma poderosa y tangible que el hijo de Dios puede usar continuamente para pelear y vencer en todos los aspectos de su vida, mientras camina en este mundo. Al final del Libro de Dios está escrito que “aquellos (los hijos de Dios) le han vencido (a Satanás) por la Sangre del Cordero, y por la Palabra de Su testimonio” (Ap. 12:11).

  1. EL ACEITE DE LA UNCIÓN.- El don del Espíritu Santo, y el poder de la Sangre del Cordero, operan en el hijo de Dios por la unción Divina. La virtud del Nombre de Jesucristo el Señor, y el poder de La Palabra de Dios, operan por su invocación en la boca del hijo de Dios. Las cuatro, en sus respectivas formas de operación, son de carácter netamente espiritual. En cambio, la Unción del Aceite es operación netamente física. “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el Nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si estuviere en pecados, le serán perdonados” (Santiago 5:14-15). La Unción del aceite, por razón de su aplicación netamente física, puede aparecer como algo simple y sencillo y, por lo tanto, de poca importancia. La realidad es exactamente lo contrario, pues los demonios le tienen horror al aceite. Lo dicho me consta, y mi consejo para los hijos de Dios ha sido que usen como arma de Dios la Unción del aceite en todo lugar y en toda ocasión, en nuestra guerra sin cuartel en contra del diablo y sus ejércitos. (La Unción del Aceite aquí recomendada no es solamente la unción oficial administrada por los ministros, sino también la aplicación del aceite en el círculo privado de la familia o de las amistades. ¿Se te hace extraño lo que digo, y no lo puedes creer? Si eres hijo(a) de Dios, anímate y usa el aceite, y te vas a sorprender y a maravillar al mirar los resultados.

CONCLUSIÓN

Mi ferviente oración ante mi Dios es que Él unja con su Espíritu Santo lo que, a la vez, Él mismo me ha inspirado para que escriba. Él sabe, mejor que nadie, que son muchos sus hijos que no aprecian el lugar que tienen por razón de que ignoran lo que en Su Palabra Él nos declara al respecto. Por cierto que si hay algo en lo que el diablo se esfuerza en forma especial para hacer es “cegar los entendimientos” no solamente “el de los incrédulos”, sino también el de los creyentes. Pues él sabe que si el creyente, el hijo de Dios, camina con el Señor con un conocimiento o una fe superficial limitada, es muy posible que no sea fiel a Dios hasta el fin de su jornada.

No es ningún secreto el hecho de que son muchos los hijos de Dios que caminan, pero caminan en una continua derrota. Esa clase de vida cristiana no solamente es algo indeseable e inapetecible, mas aún peligrosa. La vida del cristiano que vive siempre derrotado es, inclusive, una arma poderosa en las manos del enemigo para desanimar a los que aún no creen. Son muchas las veces en las que yo mismo he oído la exclamación de una persona inconversa que ha dicho: “Si el ser cristiano como ustedes dicen, es para vivir la vida miserable que vive el hermano Fulano, yo mejor sigo como estoy”.

Creo, por tanto, que me asiste una razón muy fuerte e innegable para estar siempre insistiendo en que es imperativo que los hijos de Dios, mis hermanos amados en el Señor, conozcan y entiendan, en la forma más profunda que les fuere posible, el lugar y el poder que tenemos aquí. La verdad es que no importa qué tan tremenda fuere la lucha o la prueba, o en la forma o en el grado de intensidad que ésta viniere, ¡nunca podrá nuestro enemigo conseguir que estemos derrotados! Pues precisamente a ésto es a lo que se refiere nuestro hermano, el apóstol Pablo, cuando dice: “Antes, en todas estas cosas hacemos más que vencer por medio de Aquel que nos amó. Por lo cual estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:37-39). ¡Aleluya! Mi hermano, mi hermana, hijo(a) de Dios, considera el lugar maravilloso que como tales tenemos y el tremendo poder de que somos poseedores. Levanta entonces victorioso tu frente y… ¡ADELANTE, PORQUE EL SEÑOR YA VIENE PRONTO!

 (Escrito por Pastor Efraim Valverde Sr. Publicado en la  Revista Internacional Maranatha, Vol 43 No. 18- Octubre de 2010. Págs. 1, 3, 4, 5 y 6).

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