EL TREMENDO PODER DE LOS HIJOS DE DIOS (Parte 1 de 2)

(Por Pastor Efraim Valverde Sr)

“Mas a todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en SU NOMBRE; los cuales no son engendrados de sangre, de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios” (Juan 1:12-13).

Con todo y lo popular que es esta Escritura entre el pueblo cristiano que lee la Palabra del Señor, existe una grande mayoría entre los hijos de Dios quienes no realizan a fondo el significado que en ella se implica con respecto al tremendo poder dado por Dios a sus hijos. Pues desde el momento en que muchos no valorizan ni aprecian, como es necesario, el hecho maravilloso de ser hijos de Dios, tampoco se dan cuenta del tremendo poder que tenemos conferido de parte de nuestro Padre. Mas no por ello la Palabra de Dios deja de ser firme y veraz. Esta seguridad la tenemos confirmada por nuestro mismo Señor Jesucristo quien nos dice: “El cielo y la tierra pasarán, mas Mis Palabras no pasarán” (Mt. 24:35).

El apóstol Pablo, por el Espíritu Santo, nos declara la Escritura antigua diciendo: “Antes como está escrito: Cosas que ojo no vió, ni oreja oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para aquellos que le aman. Empero Dios nos las reveló á nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aún lo profundo de Dios” (1 Co. 2:9-10).

Estas “cosas” increíblemente fantásticas y maravillosas son las que provocan precisamente el encabezado de este tema: “¿FANTASÍA O REALIDAD?” Estas cosas no son para todos los seres humanos, sino “que Dios (las) ha preparado (exclusivamente) para aquellos que le aman”. Aquellos que le aman y “que le adoran, en espíritu y en verdad” (Jn. 4:24), como Él lo requiere, y estos son los hijos de Dios. Aquellos que son fieles y verdaderos.

Inclusive, es conveniente enfatizar el hecho de que aún el entender, creer y mirar las cosas portentosas que Dios ha preparado para sus hijos, no es privilegio dado a todos, sino a quienes Dios lo quisiere revelar. Pues no depende de ellos, del intelecto ni de la facultad humana, porque esto se recibe precisamente por revelación. Estas cosas son maravillosas a tal grado que el que recibe revelación para entenderlas, creerlas y mirarlas, está expuesto a ser juzgado como un loco, como un fanático o como un soñador exagerado que vive en un desvarío.

Lo más irónico en este caso es que el cristiano despierto no solamente está expuesto a que le pase lo antes dicho entre el pueblo que no conoce al Señor, sino que puede ser juzgado como tal entre los mismos profesantes cristianos cuyos ojos espirituales no han sido aún abiertos. El profeta Eliseo, sitiado por los sirios en Dothán, tenía revelación para ver la gloria de Dios, pero su criado tenía los ojos espirituales cerrados. “Y él (Eliseo) le dijo: No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos. Y oró Eliseo y dijo: ‘Ruégote, ¡oh, Señor! que abras sus ojos para que vea’. Entonces el Señor abrió los ojos del mozo, y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo” (2 Reyes 6:16-17).

El apóstol Juan enfatiza el hecho de que: “Ahora somos hijos de Dios, y (que) aun no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él apareciere, seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es”. Esta declaración es de por sí más que suficiente para que entendamos y comprobemos lo maravilloso de nuestra vocación. La expresión citada señala dos realmos, el del tiempo, y el de la eternidad; pues nos habla de “ahora”, durante el tiempo de esta vida, y de “cuando Él apareciere”. Pues en ese día de “la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo” (Tito 2:13), “cuando viniere para ser glorificado en sus santos, y a hacerse admirable en todos los que creyeron” (1 Ts. 1:10), es cuando los hijos de Dios entramos en el realmo de la eternidad.

Al entrar en el realmo eterno, lo primero que experimentaremos, en la serie de maravillas y de portentos prometidas por Dios a sus hijos, es la resurrección. Esa portentosa operación divina es por la cual Dios le promete a Su Pueblo Israel el “abrir sus sepulcros y hacerlos subir de sus sepulturas” (Ez. 37:12-13). Es a esto precisamente a lo que se refirió Marta, la hermana de Lázaro, hablando con el Señor respecto a la muerte de su hermano (Jn. 11:24). Este es, inclusive, el mismo día cuando “los muertos en Cristo primero resucitarán” (1 Ts. 4:16) con cuerpos incorruptibles, y los que estuvieren en pie “seremos transformados” (1 Co. 15:52). Continúa enseguida la indescriptiblemente maravillosa glorificación de nuestros cuerpos, para ser “semejantes a Él, porque le veremos como Él es”. Esto es algo que no es posible captarlo ni mucho menos explicarlo con el intelecto humano.

Esta metamorfosis divina, que habrá de efectuarse en “el día del Señor”, es algo tan tremendo que fácilmente puede sucederle a más de un cristiano el que lea esta promesa, y hasta la predique, y aun así no realice la magnitud y la gloria que ella implica. Pues no solamente es ese “aquel día” (2 Ti. 4:8) en el que cada fiel hijo de Dios entra en su gloria, sino en el “que también las mismas criaturas (la creación entera) serán libradas de la servidumbre de corrupción en la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Ro. 8:19-22). Pero aun más, es en ese día (que es también el renombrado “día del Señor”) cuando el mismo Creador, el Dios Todopoderoso, Jesucristo el Señor (Mt. 28:18), es “glorificado en sus santos” (2 Ts. 1:7-10).

Es entonces cuando “el reino, y el señorío, y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, será dado al Pueblo de los santos del Altísimo; cuyo reino es reino eterno, y todos los señoríos le servirán y le obedecerán” (Dn. 7:27). Es entonces cuando, para principiar, “reinaremos sobre la tierra… mil años” (Ap. 5:10 y 20:4), cumpliéndose literalmente las promesas hechas por Dios a Su Pueblo, de que Él “sujetará a los pueblos debajo de nosotros, y a las gentes debajo de nuestros pies, (y) nos elegirá nuestras heredades” (Sal. 47). Esto es a Su Pueblo Israel y a Su Iglesia quienes para entonces ya no seremos más dos pueblos como lo somos hoy, sino que solamente “habrá un rebaño y un Pastor” (Juan 10:16).

Después de este período inicial de mil años en el reino eterno de los hijos de Dios, “los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán desechos, y la tierra y las obras que en ella están serán quemadas… bien que esperamos cielos nuevos y tierra nueva, según sus promesas, en las cuales mora la justicia” (2 P. 3:10-13) y “el tiempo no será más” (Ap. 10:6). Será entonces cuando, después de haberse efectuado “la mudanza de las cosas movibles” (las del reino móvil), entraremos de lleno los hijos de Dios a tomar nuestro único y especial lugar en “el reino inmóvil” (He. 12:26-28) del cual desde aquí somos ya hoy parte.

Es entonces cuando, “seremos semejantes a Él”. Cuando habitaremos ya en cuerpos de gloria semejantes al cuerpo de la gloria de nuestro mismo Dios (Is. 6:1 y Mt. 17:2). “Cuerpos espirituales” (1 Co. 15:44), increíblemente maravillosos, que funcionarán en perfecta armonía con nuestra mente, la que ahora ya desde aquí es la parte eterna de nuestro ser. Cuerpos que no miden ningún obstáculo ni están sujetos a la ley de la gravedad, ni al tiempo ni a la distancia, con los cuales podremos viajar a través de la eternidad y del espacio infinito como podemos hacerlo hoy con nuestro pensamiento.

Estando en ese estado supremo de gloria los hijos de Dios tomaremos entonces, en la eternidad y sobre todo el universo de la nueva creación, nuestro lugar simbólico como “la Esposa, mujer del Cordero” (Ap. 21:9). Un lugar que es segundo, aun en el mismo “tercer cielo” y en “el paraíso” (2 Co. 12:2-4), solamente al de nuestro mismo Dios. Un lugar que es antes que el de los mismos ángeles y de todos los demás seres celestiales. Pues inclusive ya desde aquí mismo, en esta vida, los ángeles “son todos espíritus administradores enviados para servicio a favor de los que serán herederos de salud”: los hijos de Dios (He. 1:14). Precisamente por esta razón no son los ángeles, sino los hijos de Dios los “que hemos de juzgar a los ángeles” (1 Co. 6:3). O sea, a los ángeles caídos que son hoy los demonios, las “malicias espirituales en los aires” (Ef. 6:12).

Lo explicado debe de ser más que suficiente para que mis hermanos, los hijos de Dios que esto leyeren (y el decir “hijos de Dios” abarca a hombres y mujeres), experimenten ese “gozo inefable y glorificado” (1 P. 1:8) que produce el considerar “lo que hemos de ser… cuando Él (el Señor Jesús) apareciere” en su próxima y Segunda Venida. Pero el mismo texto bíblico citado que nos dice lo que hemos de ser en ese día glorioso que esperamos, también nos dice que: “ahora somos hijos de Dios” ya. Y si creemos a lo maravilloso que está por venir aunque aun no lo vemos, con mayor razón debemos de creer las maravillas de que ya somos poseedores ahora como hijos de Dios; especialmente en lo que toca a la“potestad” que como tales se nos ha sido dada al creer en Su Nombre (Mr. 16:17).

Para apreciar el supremo privilegio de ser hijos de Dios, como lo explico antes, es indispensable el reconocerlo primero. Así también es indispensable reconocer primero la tremenda potestad con que Dios ha revestido aquí a sus hijos, para poder enseguida usar ésta en forma poderosa y efectiva en la guerra contra nuestro implacable y tremendo enemigo. “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas, contra malicias espirituales en los aires” (Ef. 6:12). “Porque aunque andamos en la carne, no militamos (no peleamos) según la carne, (porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas); destruyendo consejos, y toda altura que se levanta contra la ciencia de Dios, y cautivando todo intento a la obediencia de Cristo” (2 Co. 10:3-5).

Imposible sería el enumerar aquí todas las Escrituras en las cuales nuestro Dios señala la autoridad y el poder espiritual que ha dado a sus hijos. Pero una admirable declaración es imperativa citar en este caso, y es aquella en la cual el mismo Señor nos dice: “¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Vosotros sois dioses, e hijos todos vosotros del Altísimo” (Sal. 82:6). “Si llamó dioses a aquellos a los cuales fue hecha palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada)…” (Juan 10:34-35).

Al comprender la realidad de esta tremenda declaración hecha por nuestro Señor Jesucristo, descubrimos un misterio que humanamente es imposible creerlo. Pero, hablando de la creación en su totalidad, esta es la verdad más maravillosa desde el primer hasta el tercer cielo (2 Co. 12:2). Pues en el sentido humano un príncipe, que ha sido engendrado por su padre el rey, hereda por derecho un lugar único y especial de autoridad y de poder; y lo mismo puede decirse del hijo de un hombre rico poseedor de grandes tesoros. En el realmo del espíritu, la herencia de los hijos del Altísimo, “engendrados por Dios”, es incomparablemente superior no solamente en riquezas y tesoros espirituales mas también en autoridad, y en poder.

Pero existe un problema muy común en la vida de muchos de los hijos de Dios, que consiste en saber y aún de hablar del poder de Dios como de una teoría, y nada más. Pues así como es fácil y común para muchos cristianos el cantar del amor y vivir aborreciéndose, el profesar sinceridad y ser hipócritas, el predicar humildad y ser soberbios, también es fácil hablar del poder de Dios y hasta hacer bastante ruido y no tenerlo en realidad. Pues, inclusive, con el solo hecho de vivir alguno las apariencias descritas, y algunas otras más, es en sí ya más que suficiente prueba de que el poder de Dios no está en verdad en ese cristiano. El verdadero poder de Dios nos es dado para vencer primeramente a nuestra carne en lo personal, y al diablo en sus provocaciones, y poder así vivir en amor, en paz, en comunión, en humildad, en sinceridad, en limpieza, etc. (Ro. 7:24-25).

La voluntad del Padre es que usemos el poder que Él nos ha dado para vencer primeramente en lo básico, que es en lo personal. Enseguida debemos de usar ese poder para librar a otros de las opresiones del diablo, sirviendo en todas las formas que nos fuere posible a cuantos el Señor pusiere en nuestro camino. Y señalo este orden progresivo por razón de que es posible tener señales exteriores del poder de Dios, y estar mal (Mt. 7:22). Mas insisto en el hecho de que la falsedad de los engañadores no puede hacer vana la verdad de lo prometido por nuestro Señor Jesucristo, quien dijo: “Y estas señales seguirán a los que creyeren: En Mi Nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; quitarán serpientes, y si bebieren cosa mortífera no les dañará; sobre los enfermos pondrán sus manos y sanarán” (Mr. 16:17-18).

Desde el principio el plan de Dios ha sido el de poner a sus hijos en este mundo donde reina “el dios de este siglo”, Satanás (2 Co. 4:4), y revestirnos con poder divino para que luchemos y salgamos victoriosos en esta guerra contra nuestro enemigo (Ap. 12:11). No nos ha puesto aquí para que peleemos esta guerra campal con armas humanas, débiles y limitadas, sino con armas tremendas y poderosísimas que al usarlas efectivamente nos tienen asegurada la victoria en contra de todas las huestes del Averno. El Señor, hablando precisamente de esto, dijo: “Sobre esta piedra (Él mismo ―Ef. 2:20), edificaré Mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt. 16:18). Y exhortándonos para que creamos que confiando en Él tenemos ganada la victoria, dijo: “En el mundo tendréis aflicción; mas confiad, Yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

Si alguien sabe perfectamente quiénes somos en verdad los hijos de Dios, y el poder que nuestro Dios y Padre nos ha dado, es el diablo. El apóstol Juan nos dice que: “en esto somos manifiestos los hijos de Dios, y los hijos del diablo: cualquiera que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios” (1 Jn. 3:10). Y es precisamente en estas condiciones básicas e invariables en las que reside fundamentalmente el tremendo poder que tenemos los hijos de Dios, y a lo cual el diablo le tiene miedo. (Cabe aquí insertar una experiencia personal que tuve hace años, en la que mi Dios me entregó a mi enemigo, Lucifer, para que me dijera delante de un buen número de testigos: “Efraim Valverde, yo los odio a todos ustedes, pero yo le tengo miedo a un hombre que tiene amor y hace justicia”).

Estas condiciones fundamentales concuerdan exactamente con la descripción simbólica que el apóstol Pablo hace del guerrero cristiano cuando dice: “Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y estar firmes habiendo acabado todo. Estad pues firmes, ceñidos vuestros lomos de verdad, y vestidos de la cota de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de paz; sobre todo, tomando el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de salud, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda deprecación y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda instancia y suplicación por todos los santos” (Ef. 6:13-18).

Estando revestidos con “toda la armadura de Dios” es imposible el que seamos derrotados. Muchas veces parecerá como que ya no podemos pelear más, y como que ya nuestro enemigo nos venció. Pero mientras estemos conscientes de cuál es nuestro supremo y singular lugar como hijos de Dios, creamos en el tremendo poder que como tales tenemos, y confiemos en Aquél quien nos ha hecho “participantes de Su naturaleza divina”, es imposible que seamos vencidos. Seguramente que “el diablo… el padre de la mentira” (Jn. 8:44), nunca va a dejar de tratar de engañar al hijo de Dios queriéndolo hacer que crea lo negativo. Eso no debe de extrañarnos en lo mínimo, puesto que sabemos muy bien que ese es precisamente el trabajo del tentador. Si lo hizo con el mismo Señor, con más razón lo hará con nosotros (Lucas 23:31).

Mas precisamente por eso me ha movido el Señor en esta ocasión para que les ayude a mis hermanos, a los hijos de Dios, a que realicen lo maravilloso de nuestra vocación y el tremendo poder que ella implica. Pues el diablo lo primero que hace siempre, y de continuo, es tratar de convencer al hijo de Dios diciéndole en la mente que no tiene poder, y para ello lo hace pensar en todo lo negativo: en sus muchas desventajas y limitaciones físicas y materiales; en todas sus flaquezas, defectos y tentaciones, etc. Estando ya convencido por los razonamientos negativos del diablo actúa entonces como si estuviera ya derrotado, olvidando el hecho de que como hijo de Dios no puede ser derrotado. Estando en esa condición mental negativa no usa entonces ni la potestad que como hijo de Dios posee, ni tampoco las poderosas armas que le ha dado el Padre. Y si las usa, lo hace en tal forma que no surten el efecto deseado, porque el diablo sabe que está dudando.

 (Escrito por Pastor Efraim Valverde Sr. Publicado en la  Revista Internacional Maranatha, Vol 43 No. 18- Octubre de 2010. Págs. 1, 3, 4, 5 y 6).

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