El Ministerio de la Iglesia, Según el Sistema de Dios.

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(Por Pastor Efraim Valverde Sr)

“Porque no somos como muchos, mercaderes falsos de la Palabra de Dios. Antes con sinceridad, como de Dios, delante de Dios, hablamos en Cristo.” (2 Cor. 2:17)

Dios se ha valido siempre, invariablemente, de vasos humanos para hacer su obra de redención en el mundo. Por tanto podemos decir sin temor de equivocarnos que humanamente hablando, el ministerio entre el pueblo de Dios ocupa un lugar de prominencia.

No es ningún secreto el hecho de que por lo regular la vida del ministro, en sus diferentes aspectos, se refleja entre aquellos a quienes. Esto nos obliga, por lo tanto, a que enfoquemos nuestra atención en la importancia que reside en el ministerio en la iglesia del Señor.

El molde original, ciertamente, fue establecido en el principio por los apóstoles del Señor, bajo la dirección del Espíritu Santo. Más al pasar los años, y los siglos, son innumerables los conceptos, las ideas, y las formas que se han aplicado, y se aplican en el desempeño del ministerio cristiano. En el sacerdocio Levítico el orden estaba prescrito específicamente. En el ministerio cristiano solo está señalado el molde.

En el Nuevo Testamento no se especifica la edad ni la condición física del candidato para el ministerio. No se señalan condiciones intelectuales ni educativas, ni el tiempo que tuviere que durar en su preparación, o en la continuación, o finalización de su ministerio. No se le dice que ropas debe usar, ni como se debe de parar, etc.…

Todo lo que la regla divina reclama del aspirante para el ministerio cristiano, son aquellas calificaciones espirituales y morales, que cual bases sólidas deben estar en la vida del verdadero ministro del Señor Jesucristo. La Palabra Divina deja abierto el campo para que sobre el fundamento descrito se acomoden todos los demás aspectos del ministerio, en conformidad con la guianza del Espíritu Santo, el criterio del individuo, y demás factores correspondientes, conforme al tiempo y el lugar.

Conscientes por lo tanto de lo ya explicado, entendemos entonces que las reglas y orden ministerial que un grupo religioso practica, no puede ser la regla infalible que todos los demás tienen que seguir. Mucho menos es posible el que cierto grupo particular pueda probar que sus sistemas y orden ministerial es el perfecto, y descalificar a los demás.

Ya señalamos que lo único básico e infalible, que tiene que ser aceptado y reconocido por todos los verdaderos ministros de Cristo, son las cualidades espirituales y morales que hacen que el nombre de Dios se parezca a su Señor y Maestro, quien lo llamó.

Entre las cualidades requeridas que son santidad, consagración, sinceridad, humildad, entrega, etc., está una que por lo regular se ha perdido de vista entre el cristianismo en lo general, y esta es la que en forma muy clara y especifica estableció el mismo Señor Jesús cuando dijo: “Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad. Mas entre vosotros NO será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor. Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo. Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mat.20:25-28).

Insisto en que la condición descrita ha sido tenida como algo de menor importancia en el orden ministerial de muchas organizaciones cristianas, grandes y chicas, en el transcurso de los siglos y hasta el presente día. En ellas están muchos hombres llamados pro Dios para el ministerio, cuyas cualidades espirituales y morales están en orden, pero ellos a su vez están presos en un orden ministerial que esta fuera del orden de Dios.

Esta operación del error es tan sutil, que solamente la revelación directa de Dios puede despertar al ministro para que entienda, y se libre. Desde el preciso momento en que el sistema político- religioso es tan común en el mundo, cualquiera da por hecho que este sistema de gobierno de hombre (donde el hombre se enseñorea sobre el hombre) es lo correcto y de orden. Pero a la hora de comprobarlo a la luz de la Palabra de Dios, este sistema queda reprobado.

NUESTRA EXPERIENCIA PERSONAL

El Señor dijo que, “lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto testificamos”. Cuando uno da razón de algo que no ha experimentado en su propia vida, la credibilidad es limitada. En cambio cuando da razón de algo que ha vivido, o que en el tiempo presente esta viviendo, su testimonio no fácilmente puede ser rechazado.

Esto no es algo que se puede entender completamente de un día para otro, sino que se lleva un proceso de tiempo durante el cual la mente viciada en el sistema erróneo, tiene que ser depurada para aceptar la verdad limpia de la Palabra. Al principio de este proceso tal parece como que el sistema de Dios no puede ser efectivo, pues el sistema humano a la vista parece como que es el que tiene la solución para los problemas de las rutinas ministeriales. Esa experiencia nosotros la vivimos al principio. Mas habiéndonos sostenido el Señor en la verdad que nos había revelado, ahora testificamos que a tal grado trabaja el sistema de Dios, que es algo maravilloso ministrar bajo ese orden.

A muchos consta lo que yo por mi parte fui antes en otros tiempos de mi historia. Habiendo vivido intensamente, por muchos años, dentro del orden ministerial de la pirámide donde hay “grandes y chicos”, “superiores y subalternos, “los de arriba y los de abajo”, sé perfectamente cual es la tremenda diferencia entre el sistema de Dios, y el sistema humano, en el ministerio.

Lo dicho no lo estoy reduciendo solamente a las organizaciones particulares a las cuales pertenecí. Hacer tal cosa reduciría mi mensaje a una insignificancia, ya que la operación del error es universal abarca todas las organizaciones políticas llamadas cristianas, principiando con la Madre, que la organización Católica Romana.

Lo dicho no es “lucha contra sangre y carne”, ni por esto o aquel otro grupito en lo particular. ¡No! La batalla que por mi parte sé que el Señor me ha llamado a pelear, es contra “el dios de este siglo”. Pues es Satanás el que ha turbado las mentes de los ministros de Dios por el transcurso ya de muchos siglos, cegándolos para que no puedan ver el engaño, y el error del sistema ministerial y de gobierno religioso que practican.

Sé muy bien que no es verdad que el hombre, con el sistema de autoridad humana, puede controlar al hombre. El control ministerial de jerarquías eclesiásticas que exhiben ante el mundo las diferentes organizaciones político-cristianas (repito, empezando por Roma), son solamente una apariencia. Atrás de esa apariencia engañosa, que encandila ciertamente a las multitudes de las ovejas incautas, está aquella “sabiduría” de la que nos habla Santiago Apóstol que es, “terrena, animal, diabólica” (Sant. 3:14-16).

Vestido, entonces, con “apariencia de piedad”, está allí invariablemente el fruto lógico de esa “sabiduría”, y reina en esos ambiente “la envidia amarga y contención en los corazones”. El pueblo, que mira de lejos, no se da cuenta en su gran mayoría de lo que se mueve entre esa clase de orden ministerial. Muchos inocentes cristianos miran hacia ese ministerio con un reconocimiento divinal, sin imaginarse que la realidad es algo completamente diferente.

En el sistema ministerial del error, entre más alto es elevado el hombre por los puestos, los escalafones y los rangos, fueren estos electivos o por nombramiento “del superior”, más tiene que envolverse en la operación de “la sabiduría diabólica”. Esto a su vez, entre más se preste el vaso a las manipulaciones de esa política, más se satura él mismo del espíritu sucio que en ese sistema prevalece.

Para estas fechas, por mi parte, al estar relacionado, directa o indirectamente, con cerca de 100 organizaciones cristianas del Nombre de diferentes partes del mundo, puedo fácilmente ver la marcada diferencia entre los que están despiertos a las verdades del sistema de Dios, y los que no lo están. Los primeros, por cierto, son una minoría ínfima, y los últimos son la gran mayoría.

COMO TRABAJAMOS HOY

Por mi parte, una de las ventajas del orden ministerial en el sistema de Dios que me a hecho muy feliz, es que ahora yo no soy “jefe” de nadie, ni estoy tampoco obligado bajo ordenes de algún “jerarca” eclesiástico, y lo mismo puede decir cada uno de mis compañeros que sienten lo mismo en diferentes lugares del mundo. El sentir así no quiere decir que no tenemos ligaduras de compañerismo, antes por lo contrario. Desde el preciso momento en que las ligaduras son por amor, no por fuerza, ni por leyes, ni por ningún otro factor humano, son reales, sublimes y maravillosas.

Seguro que hay “prietitos en el arroz”, y aun más. Pero de eso, como también de todos los demás problemas y contrariedades, se encarga el Señor. Pues él es en realidad el Juez. En los sistemas religiosos políticos los hombres juzgan a los hombres, y son muchas las veces en que está peor el juez que el reo. El orden en el sistema divino dice que, “los que bien ministraren, ganan para si buen grado, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús” (1 Tim. 3:13), y en el caso eso es todo lo que creemos y hacemos.

Por lo contrario, los que no ministran bien no ganan buen grado ni poca confianza, menos mucha. Alguno preguntará: ¿Y quien controla la actitud tanto de unos como de otros? A ello respondemos con mucha satisfacción: ¡El Señor! Desde el momento en que vivimos en un ambienten el cual no controlamos los hombres, dejamos el lugar para que controle Dios. Y él lo hace; por años lo hemos probado.

Inclusive no tenemos que preocuparnos por señalarle a cada ministro su lugar. El Dueño del cuerpo sabe como poner cada miembro en su lugar. Y no hay fricción ni pleito, pues el que es verdadero miembro toma su lugar con gusto, y honra a los demás miembros.

Los hombres que entre nuestros medios dan razón de que el Señor los está llamando para el ministerio, los encomendamos en las manos del Señor confiando de que el testimonio, fuere ahora positivo, o negativo, lo va a dar Dios en la vida de cada vaso. Si alguien reclama que ha recibido de Dios, todo lo que los demás tenemos que hacer es aceptar sus palabras, brindarle la oportunidad para que ponga por obra su sentir, y el paso del tiempo, Dios, invariablemente va a justificar, o reprobar a cada uno.

Lo dicho aplica a todos los aspectos de ministerio cristiano, incluyendo el pastorado. San Pablo, al hablar en Mileto con los pastores de las congregaciones en Efeso, dice: “Por tanto mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por pastores, para apacentar la Iglesia del Señor, la cual ganó con su sangre”(Hech. 20:26-30). Y así continúa advirtiendo el peligro, y luego encomendando a sus hermanos, “a Dios, y a la Palabra de su gracia.”

Pastor Efraim Valverde Sr.

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